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ESTAMOS SOLOS

En algún lugar de la cala se hallaba aquella roca que daba al mar. Había estado siempre ahí, viendo pasar generación tras generación. Imperecedera. En el egocentrismo humano se suele contemplar la propia existencia como un hecho singular, muchas veces inconscientemente. A mí, el visitar aquel sitio me hacía percatarme de cuán irrelevante era, en general, mi propia existencia. 

Pasé mi infancia allí, y, posteriormente, gran parte de mi juventud. Si bien mi mudanza a la ciudad había estado planeada desde que yo era niña, lo cierto es que nunca sucedió. Llegó la guerra, de repente me quedé sola con mi madre. Por aquellos tiempos pasaba la mayor parte del día en aquel lugar, quizá porque la casa donde había crecido se me antojaba ahora desoladoramente vacía, o quizá no era su vacuidad lo que me asustaba, sino el aplastante peso de la realidad al que allí me tenía que enfrentar. Mirando atrás, me doy cuenta de que fui irresponsable. 

Eran aquellos momentos de calma en los que visitaba la roca cuando más sola me sentía. No por la guerra, no por nada en concreto. Simplemente al estar allí, completamente aislada, me percataba de lo intrascendente que era todo. El sentimiento de un sin sentido general me embargaba. Observaba los peces, las gaviotas y los pequeños insectos, y comprendía que los humanos no eran sino animales a su vez, y que esas guerras, esos problemas que tan grandes nos resultaban, no eran objetivamente más importantes a ojos de la naturaleza de lo que lo era para dos gaviotas pelearse por un pez.

Traté de discutir esto numerosas veces con mi madre, pero nunca me tomaba en serio. Creo que pensaba que desvariaba porque estaba afligida, con seguridad estaba preocupada por mí. Nada más lejos de la realidad, sin embargo, pues yo apenas sufría ya en ese entonces. Por el contrario, todo cada vez me importaba menos. 

Ese mismo año, en febrero, conocí al que sería mi compañero en unos de los pocos meses que recuerdo felices en mi vida. Aparentaba ser una persona alegre y despreocupada, y durante un tiempo fue el que me hizo recobrar un poco la fe en que había algún sentido en algún lugar. Ya no había sino dos personas en aquella roca que tanto había sido frecuentada en solitud.

Lo hicieron marchar un día gris de septiembre. De alguna manera, supe al despedirnos que nunca le volvería a ver. Después de aquello, llegué a pasar días en la roca. Recuerdo que fue la preocupación de mi madre lo que me llevó a regresar a casa. Me desconcertaba un poco su mirada, a decir verdad. Solo había entonces pena en sus ojos. Yo nunca entendí por qué, pues no me sentía triste, siquiera. Tampoco feliz. Simplemente, no sentía nada. 

He de reconocer que su marcha sí que me turbó al inicio. Todos aquellos meses en los que fugazmente me pareció entrever alguna finalidad habían hecho mella en mí. Regresé sin embargo, al marcharse él, a mis antiguos ideales, reforzados ahora por la decepción de haber perdido a aquel que me hizo sentir que podía haber más en la vida que guerras y amistades perdidas. 

Volví a sentarme sola en la roca, volvió esa conocida sensación de sinsentido.

Madre, en una de las pocas ocasiones en las que se prestó a escucharme – probablemente por mera inquietud sobre mi estado mental -, mencionó que el solo hecho de que hubiera ocurrido hacía que mereciera la pena, y que había de llevar esos recuerdos siempre conmigo, que era eso lo que significaba vivir. 

Yo, por el contrario, no podía dejar de preguntarme por el uso de los recuerdos. ¿Qué son las vivencias sin una eternidad, sino meras memorias? 

A mi parecer, nada más que espejismos de la realidad, fantasmas del pasado. Algo puramente abstracto y subjetivo. Recuerdo haber leído en algún lugar la siguiente frase: ‘la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla’. ¿Qué uso tiene, pues, confiar en algo tan arbitrario y alterable? ¿Qué más da lo que pasara, o cómo pasara, si luego queda a merced de la memoria?

Visité tantas veces y con tantas personas diferentes aquella roca, para luego quedarme de nuevo sola con mis pensamientos en el mismo lugar. El mismo sol, el mismo mar, el mismo sentimiento. ¿Qué sentido tiene?

Estamos tan solos…

Es curioso el hechizo de este sitio, tan atemporal. Como una brecha entre mundos, algo que no debería estar y, sin embargo, está. Recuerdo ser una niña dormitando bajo un cielo nublado, recuerdo estar sentados frente al mar. Qué ambiguos son los recuerdos, tan equívocos, tan ficticios. Este lugar, de alguna manera, los llama a ser más vívidos que de costumbre.

Miro al pasado, me veo a mí. Camino junto al borde mientras el viento mueve mi pelo. Sonrío. El mar a veces está agitado, otras veces no. A veces hace frío, a veces llueve. 

Miro al pasado, es 30 de octubre. Ya no veo nada, ya no hay nadie. La roca está, una vez más, desierta. A veces el mar toma, y a veces el mar no devuelve. Todo parece estático a excepción de algunas ondas y un poco de espuma que persisten por unos segundos para, finalmente, desaparecer como si nada hubiera sucedido. 

Esa es la cuestión. Si nadie vio ni recuerda nada, nada pasó. ¿Cómo se puede confiar, pues, en una realidad tan moldeable?

He pasado aquí tanto tiempo…

En ocasiones viene mi madre. Llora, alguna vez grita, pero nunca me mira, aunque sus palabras van dirigidas a mí. Deja una flor en el suelo. Luego, se va.

Llevo aquí demasiado tiempo, un tiempo que ha dejado de ser lineal. No tiene un principio y no tendrá un final, y no es limitado, pero tampoco eterno. 

Al igual que yo, no es nada.

Me preguntaba por la finalidad de los recuerdos sin una eternidad, ahora la he conseguido.

Me siento tan sola. 

  • Will Sterben

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Written by Eva Machado

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